Aprendiendo a través de la admiración

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Es evidente la manera en la que un niño aprende mucho más fácilmente de aquella persona a la que admira. Cuando no existe esa empatía, el aprendizaje llega a convertirse en algo incómodo y muy mecánico, como suele ser mayormente en los sistemas tradicionales de educación, o completamente imposible, perdiendo toda la naturaleza transformadora que puede llegar a tener el conocimiento que le esté siendo transmitido.

Algo muy similar ocurre también con los adultos. En este caso, esa pérdida de interés podría incluso hacer que el sujeto desista de aprender y encauce su atención hacia otro objetivo.

Por otro lado, al establecer una relación a partir de la admiración, consciente o inconscientemente, manteniendo nuestra individualidad como seres humanos, pasamos a hacer propio aquello con lo que sintonizamos.

No por nada, admirar puede ser entendido también como observar, ver, asombrarse, encantarse, contemplar; cosas que parecen indispensables a la hora de incorporar algo nuevo, como si a través de esa admiración el aprendiz tendiera un puente por el cual permitirá que el conocimiento fluya.

Tratándose de un conocimiento práctico, es justamente a través de ese acto de ver, observar, que el alumno incorporará aquellos hábitos que le parezcan más loables, relegando a un segundo plano cualquier teoría que proceda de la fácil palabrería.

Es así como el conocimiento pasa en nuestra escuela, a partir de la experiencia propia y la convivencia con personas admirables, que catalizan nuestro impulso evolutivo.


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